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Una visión de Brasil

Nací bajo los auspicios de la marcha de las ollas vacías (ollas es “panelas”, en portugués). Mi madre era quién las golpeaba. Empezaba lo que sería el 11 de septiembre de 1973, el golpe contra Salvador Allende, presidente legítimo de Chile. Vivíamos en Las Condes, barrio de clase media. Escaseaba la comida. Dominaba un clima de radicalización que poseía las voces y las mentes. Fue claro el resultado. Bombardeos, asesinatos, violencia, fuga de capitales y escasez. Mis padres aguantaron algunos años. Nos trasladamos hacia Brasil. Retomamos la vida. Abandonamos el pasado. Mis tíos, primos y sobrinos se quedaron allá. Casi igualitos a antes. Los visite dos veces. Vi que el mundo no avanza a esos que se paran. 

27 + 15 años (42 años) después 

Una visión de Brasil después de otro 11 de septiembre (el de 2001), llegamos a una visión de Brasil hoy completamente dividida. Elección agresiva, ventaja mínima, clases sociales atritadas, actitudes rastreras de todos lados, gente pidiendo lo peor, otros cuestionando ese peor, algunos clamando por paz, otros cansados de tanta ignorancia y todos esperando el próximo día 13 y especialmente el 15. Día 13, el PT de Dilma Rousseff demuestra su apoyo al gobierno. Día 15, los opositores piden su renuncia, por impeachment. La economía gatea, la escasez reina, el desánimo insiste en mantenerse de pie, sin expectativas de ningún orden. Y los ánimos se alzan. Ayer Dilma visitó la Feicon, feria de construcción. Apupada. Las redes sociales parecen murales de acusaciones, fundamentadas o no. Tonterías gritadas a diestro y siniestro.  ¿Acaso a alguien le importa? El golpe de Chile en 1973 cambió mi vida por tener que salir de Chile, por salir a la fuerza, por entender que a eso podía llegar la política. Por suponer que a veces eso puede ser inevitable. Por entender que a veces las personas de hecho no se entienden. Y que, si no lo quieren, no podrán entender unas a las otras. Mi familia en Chile está todavía cambiada por 1973. 

Mis parientes de parte de padre son todavía de derecha o demócratas cristianos convictos – esos DCs que dieron margen al golpe, como un Lacerda que quería hacerlo en contra Getúlio. Mis parientes de parte de madre, de clase social menos privilegiada, se pasaron la historia conducidos por los hechos. Algunos de ellos eran del DC. Pero ninguno – que yo sepa – era de la UP (Unidad Popular, la frente política de Allende). Ellos no se hablan. Claro, se ven pero no se hablan. Son diferentes. Mundos lejanos. Los gobiernos del PT han dividido Brasil, dejándonos una visión de Brasil diferente. 

Las políticas asistencialistas y la economía (en apariencia) maltratada (pese la suerte de Lula y de Dilma, esta ahora en su segundo mandato) molestaron al piso de arriba (en su mayoría). Ha pasado a existir una negación a todo lo que pase la impresión del PT. Los argumentos empezaron a dar vez a los prejuicios. Como en Chile, cuando la clase media gritaba que odiaba a “los rotos” (palabra que reúne una supuesta mala educación, marginalidad, pobreza, suciedad y todo lo demás asociado por algunas a personas a los mas pobres). Sí, los momentos no son idénticos, ni la historia es, para mí, como en Marx, quien dice que la historia se repite primero como tragedia y luego como farsa. 

Pero existe un vértigo parecido en todo lo que se pasa. Todos los días parecen despertar nuevas sombras, nuevos miedos, y la esperanza parece siempre más lejana. Aquellos que intentan clamar por razonamientos parecen vestir máscaras de payasos y eso se hace común. Las personas parecen cooptadas a escoger un lado – mismo que eso sea falso. Los amigos empiezan a pelearse. Los semblantes se nublan. No parece existir término medio. Cada uno tiene que asumir su puesto. Pese a todo eso me agrada mucho hacer política. Lo sé que para conducir reuniones, sea en que ámbito sea, se necesita tener estomago. Tragar sapos – que no necesitan ser barbudos (como Lula). Admitir imperfecciones – propias y ajenas. Saber que nunca se sabe lo suficiente. Oír tonterías que no cesan. Hablar otras. Tener coraje de usar puso firme – para ser derrumbado por alguien más hábil con las palabras o con gestos en apariencia inexpresivos. 

Pero eso siempre funciona

Hasta el momento en que existe margen de maniobra – y de diálogo. Pero hay siempre el momento de las lecciones de Carl Schmitt. Y en ese momento la lucha empieza, sin ser posible prever el resultado. Schmitt, siempre condenado por haber sido un pensador amigo del nazismo decía que en política es siempre necesario alertar: no todos son nuestros amigos. Que cuando nos asociamos, lo hacemos con los que consideramos amigos. Y que por eso los otros son puestos de lado, como no-amigos. ¿Existirá convivencia entre ellos? Si, pero hasta cierto punto. Cuando empieza el juego de fuerzas. Que puede llevar a cualquier lugar – de hecho, a cualquier lugar. Día 13 los amigos del PT se van a encontrar. Día 15, los enemigos del PT. 

Y es que hay una visión de Brasil en disputa, un mandato – el de Dilma, reelegida el año pasado. Algunos dicen que todo eso son tonterías. Hay quien, aquí, en Brasil, que se queda quieto – el poder de la fuerza, el militar. En Chile, en 1973, todo parecía lo mismo. Hasta que la luz roja se encendió. Los militares moderados perdieron terreno. Los radicales – que estaban escondidos – dieron las cartas. Pinochet, el más fuerte de todos. La derecha radical ya ha pedido la intervención. No ha sido escuchada a serio (ni es posible). Pero hoy día el clima parece ser otro. Cuando ocurra el conflicto muchos piensan en lo peor – sí, porque algunos (medias) parecen tener mucho a perder. Otros parecen jugar con los radicalismos. Perdónelos, Señor, porque ellos no saben lo que hacen. No vieron las bombas. No cambiaron sus vidas. No tienen miedo del miedo.


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