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La realidad de un Gay en Marruecos

La vida no consiste en recordar el pasado con nostalgia, ni esperar el futuro con ansiedad... ¡sino en vivir el presente con pasión, respeto y convivencia. El mundo está cambiando al igual que mi querida ciudad Tanger. Ser diferente en mi ciudad es una novela que siempre acaba mal, donde el protagonista siempre termina sufriendo. Hay que dejar claro que igual que muchos tangerinos y por culpa de la sociedad en donde vivo siempre pensé mal de los 'diferentes', y en esta caso de los homosexuales. Nunca les respetaba ni les aceptaba por muy buena gente que sean. Todo eso cambio el día en el que trabaje con un supuesto aclamado ‘Gay’. La forma de cómo se movía y hablaba me repugnaba pero por cuestión de trabajo tenía que aguantar. 

Después de algunos meses y después de muchas charlas y por mal que le hablaba al hombre se puso muy apenado y me comentó claramente que no es la primera vez que alguien le trataba mal, que es algo que llevaba sufriendo toda su vida. 

No sabía que decir, intente cerrar la charla apuntando que a mi esas cosas no me van. 
Me respondió y me explico su vida y lo mucho que ha sufrido por algo que el mismo no ha elegido, que a él le gustaría ser igual que los demás. Comencé a vislumbrar. La vida es realmente como un cuento relatado por un idiota; un cuento lleno de palabrería y frenesí, que no tiene ningún sentido pero que todos seguimos a ciegas. Nuestra sociedad no quiere que comprendamos temas que salen del ámbito cultural y tradicional de la región. El hombre no tenía la culpa de nacer distinto a los que llamamos con semejante término ‘normales’, además casi el 20% de la población mundial es Gay. El hombre me manifiesto que el solamente quería vivir en paz, una vida digna igual que todos los demás, quería ser aceptado y respetado por lo que es. Igual que tú y yo.

Me fui a casa y lo medite tranquilamente y llegue a la conclusión que el individuo tenía razón y que tenía todo derecho de ser lo que él quiere que sea, es su personalidad, es lo que es, su ser. Comprendí por-fin que el estereotipo de nuestra sociedad maligna es la que nos hace crecer con un instinto protector, igual que los racistas no admiten las distintas razas, nosotros no consentimos los individuos que no siguen el íntegro prototipo erigido por nuestra colectividad. Qué derecho tengo yo de odiar a una persona que nunca me ha hecho nada malo? Qué derecho tengo yo de hablar mal de una persona que ni siquiera conozco? Porque siempre atacamos a todo lo que no cabe en nuestro consorcio doble moralista. 
Finalmente y más tarde volví a dirigirme al individuo y le pide perdón y le asegurare que lo que paso nunca va a suceder más. También le di las gracias por hacerme comprender mi fallo y por hacerme entender el respeto y la convivencia y luego le dije que después de esta experiencia si le respeto y le acepto.

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