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Turquía, nueva potencia regional

Turquía es un país situado estratégicamente entre Europa y Asia, con una extensión de casi de una vez y media España y una población de unos 75 millones de habitantes. Es un país que ha jugado un papel en la historia de Europa de gran relevancia. En su territorio se han encontrado y enfrentado las culturas y civilizaciones orientales y occidentales, debido a su ubicación estratégica entre los dos continentes. Actualmente Turquía es un país clave entre las relaciones de la Unión Europea y Asia Central. También ocupa una posición intermedia entre Rusia en el norte y Oriente Medio en el sur. A partir de la caída de la Unión Soviética, Turquía fue adquiriendo cada vez más protagonismo en Asia Central debido a la independencia de los estados de cultura turca del bloque soviético.

Esto hizo posible que Turquía ampliara sus relaciones con dichos estados, con los cuales les une un patrimonio común cultural y lingüístico, aumentando de esta forma su influencia económico-política entre los estados del Asia Central. Por otra parte el estado turco ha seguido consolidando y estrechando sus relaciones económicas, políticas, culturales, etc con el mundo islámico, especialmente con los estados de Oriente Medio. No olvidemos que en Turquía, aunque es un estado laico, la población es mayoritariamente de religión musulmana.

Las relaciones que Turquía ha mantenido con los estados árabes no han sido fáciles desde una perspectiva histórica. Los países árabes han desconfiando de Turquía por dos razones: en primer lugar por el laicismo del estado turco. Un asunto que veían sumamente peligroso por la posibilidad de contagio, y en segundo lugar porque han temido siempre una Turquía fuerte que volviera a sus sueños expansionistas del pasado.

Por estas razones, para Turquía ha sido una prioridad consolidar y mejorar sus relaciones con los países árabes. Hoy día el apoyo turco a la causa palestina se aprecia y se ve con simpatía por la comunidad de los estados árabes, aunque los recelos siguen ahí, especialmente por la indefinición de Turquía que parece que juega en varias canchas: por un lado su estrecha alianza con los EEUU y la OTAN, y en segundo lugar tiene un enorme afán de convertirse en un país árbitro en la zona de Oriente Medio y Asia Central.

La valoración que tienen de Turquía los estados occidentales es la de considerar al país como una potencia regional, fiel aliada a occidente y estado puente con los países árabes. La economía turca es la más potente de los países de la zona. Su fuerza militar está fuera de toda duda. Turquía es miembro de la OTAN desde 1952. Por aquella época el Plan Marshall intentaba dinamizar la económica europea destrozada tras la II Guerra Mundial, especialmente la economía alemana.

Truman pretendía a toda costa que Turquía no cayera en las redes del Pacto de Varsovia. Era la época de la guerra fría, y Turquía era un país clave por su valor estratégico en la zona.

61 años después del ingreso de Turquía en la OTAN.

Este país se vuelve a convertir en un nuevo centro de poder en la política exterior del Mediterráneo y Oriente Medio. Turquía también se ha ido posicionando como un modelo a seguir para los países árabes que luchan por alcanzar regímenes políticos democráticos. Por lo tanto hay numerosos elementos para empezar a pensar que un nuevo escenario geo-político está naciendo en el Mediterráneo: el resurgir de Turquía como potencia regional, y la revolución árabe que afecta a muchos países del arco mediterráneo.

Este nuevo resurgimiento de Turquía como potencia regional, bajo el mandato del primer ministro Recep Tayyip Erdogan, se ha ido consolidando en varios aspectos. Erdogan ha tratado de moderar al Partido Justicia y Desarrollo, el AKP, para que acepte las normas democráticas de un estado de derecho, en este sentido el ejemplo de Turquía para el resto de países árabes puede ser importante. Erdogan ha ido conformando la política exterior turca hacia el reforzamiento de las alianzas con sus vecinos y aliados.

Turquía ha sustituido a Irán como referencia para los políticos islamistas de naciones donde han surgido movimientos revolucionarios. Erdogan se ha convertido en uno de los más firmes defensores de los derechos del pueblo palestino y ello le ha dado un nuevo caché ante los propios palestinos, y ante el resto de países árabes. Hoy día Turquía, que ha sabido jugar muy inteligentemente sus bazas en política exterior, se está convirtiendo en el país eje de Eurasia, y en un interlocutor de occidente con el mundo árabe.

Turquía consolida su posición estratégica en el Oriente Medio y Asia Central y surge como una potencia económica y militar en la zona. Ha terminado con el conflicto kurdo, contando con el apoyo occidental y de EEUU que, cuanto menos, han mirado para otro lado ante las sucesivas denuncias por violación de los derechos humanos en este conflicto.

Hay que recordar que Turquía es el único miembro de la OTAN con una población

mayoritariamente de religión musulmana, y eterno candidato a la adhesión a la Unión Europa. Este rechazo de los socios europeos a tener como nuevo miembro a un estado musulmán, ha exacerbado el nacionalismo y el acercamiento del país hacia los países árabes y del Asía Central donde Turquía busca nuevos amigos y aliados.

No obstante al rechazo sistemático de Europa. Turquia aporta su grano de arena en la defensa común. Este doble rasero ha terminado con una gran frustración de los ciudadanos turcos hacia Europa por sentirse injustamente menospreciados. El resurgir del nacionalismo turco motivado, en cierta medida, por agravios externos ha llevado al país a una carrera armamentista que al día de hoy supone una enorme inversión, en relación al PIB, en gastos de defensa.

Turquía es una potencia claramente emergente a nivel económico y diplomático. La economía turca está creciendo a un ritmo sostenido de un 9% anual gracias a la política de reformas iniciada por Erdogan desde que subió al poder en el año 2002. Su partido Justicia y Desarrollo sacó al país de la crisis económica, pero también hay que decir que este ambicioso programa de reformas del estado turco destinadas, teóricamente, a la modernización de la sociedad y economía, empezaron a perder fuelle tras el nuevo fracaso a que la Unión Europea lo considerase país candidato.

La oposición de Alemania y Francia fueron decisivas.

Las negociaciones para la entrada de Turquía en la Unión Europea están totalmente estancadas y esto ha llevado a Turquía a relanzar una política internacional propia que trata de influir en el entorno geográfico de lo que fue el antiguo imperio otomano.

Sin embargo este protagonismo le ha llevado a tener algunos problemas con algunos vecinos. Turquía se ha enfrenado al régimen sirio de Bachar Al Asad, al que acusa de cometer “atrocidades” contra la población civil. Hasta ese momento, Turquía contemplaba la guerra civil en Siria con prudencia y se limitaba a pedir reformas al régimen de Bachar Al Asad. Hoy su posición ha cambiado y se ha puesto del lado de los rebeldes, incluso apoya abiertamente una posible intervención militar en Siria.

La situación siria le está ocasionando a Turquía problemas graves.

Su territorio acoge ya a miles de refugiados sirios de la ciudad de Jisr al Shughur, y no cesan de cruzar la frontera.

También con Israel, país con el que Turquía mantenía unas buenas relaciones en el campo militar y de inteligencia, se vieron notablemente perjudicadas por el ataque israelí a la flotilla turca que intentaba romper el bloqueo en Gaza. En aquel incidente murieron 9 personas de nacionalidad turca. A partir de aquí, la posición de Turquía respecto a Israel ha sufrido un cambio radical congelando, prácticamente, la cooperación y las relaciones con Israel, y propiciando un acercamiento a los países árabes y al Estado Palestino.

Sin embargo la situación en Turquía se ha visto convulsionada en los últimos meses. El país que gozaba de una cierta estabilidad política y una economía en crecimiento ha visto como sus ciudadanos se echaban a la calle pidiendo más reformas y más democracia. La realidad es que el gobierno de Erdogan empezó una política autoritaria muy contestada socialmente y paralizó las reformas democráticas. Indudablemente nadie se cree que la revuelta turca haya sido motivada porque se iban a talar unos cuantos árboles en un céntrico parque de Estambul. Los motivos son muchos más profundos. La sociedad turca está ya harta de tantas promesas incumplidas. El desalojo por la policía de la acampada en el parque de Gezi, amenazado por la construcción de un centro comercial, fue el detonante que hizo saltar la chispa.

La plaza Taksim

Fue el epicentro del descontento social, que poco a poco se extendió a otras ciudades como Ankara, Esmirna, Antalya, Adana, Eskisehir, Samsún, Antakya y Tunceli. En aquel momento se pedía la dimisión del gobierno por la deriva autoritaria del mismo. A diferencia de lo que ocurre en los países de la llamada primavera árabes, las protestas de Turquía no eran contra el sistema sino contra el gobierno de Erdogan.

Las previsiones económicas para el 2013 no son malas, aunque tampoco son tan boyantes como los años precedentes. Aún así, este año Turquía crecerá al 3,4% y un 3,7% en 2014. Por lo tanto tampoco es una cuestión económica la causa del descontento social en Turquía, como sí lo es en Europa.

El destinatario de las protestas en Turquía y del profundo malestar social es Erdogan, primer ministro que lleva en el poder desde 2003. Erdogan quiere coronar su tercer mandato al frente del país, pero como no puede optar a repetir en el puesto de primer ministro, porque lo impide la Constitución, la jugada que tiene en mente es reformar la Constitución ad hoc para que le permita optar al puesto de Presidente de la Republica, y mantenerse en el poder hasta el 2023. Su partido, Justicia y Desarrollo, obtuvo en las elecciones de 2011 un 50% de los votos, por lo tanto fue elegido con un importante apoyo popular.

Sin embargo su islamismo moderado.

Celebrado incluso por los líderes europeos, se ha ido desinflando hasta empezar a ser preocupante. Muchos temen una radicalización del país a costa de un serio recorte de las libertades civiles y políticas. Turquía es hoy día junto a China el país que mantiene más periodistas encarcelados por ejercer la libertad de expresión.

Erdogan ha introducido cambios en el sistema educativo propiciando su progresiva islamización, y restringido la venta de alcohol en un país tradicionalmente tolerante con su consumo público.

Otros aspectos de su política muy contestada socialmente ha sido su programa de obras de carácter faraónico, como la enorme mezquita que quiere construir en Estambul, su oposición frontal al aborto o que considere a las redes sociales como una amenaza para la seguridad del país por difundir imágenes de las protestas.

La oposición laica le acusa de ser un político megalómano que se quiere perpetuar en el poder eliminando todo lo que Turquía ha ido conquistando en el ámbito de los derechos sociales, políticos y civiles. Socialmente a Erdogan se le ve hoy día como una auténtica amenaza para la democracia turca y el estado laico. Esta es la razón del descontento social imperante en el país. También los abusos policiales contra la población, más propio de un país dictatorial, que de una democracia, han sido denunciados internacionalmente y ha empañado la imagen de la República Turca.

Está por ver la evolución política de Turquía en los próximos meses y si Erdogan es capaz de llevar adelante sus planes de ser Presidente de la Republica turca hasta el 2023. Hay un enorme descontento en la sociedad turca que, después de la explosión de violencia de las últimas revueltas, hoy parece expectante, pero no dormida.

Hay quien dice que Erdogan es un político con la suficiente cintura capaz de rectificar y evitar llevar a Turquía por una senda peligrosa, con tal de mantenerse en el poder. Además el ejército, no lo olvidemos, tiene el deber constitucional de salvaguardar el estado laico turco. El ejército es el guardián del laicismo en Turquía.

Si no fueran pocos los problemas internos a los que se enfrenta el gobierno de Erdogan, su política exterior lo ha llevado a una situación de bloqueo con la Unión Europea, ya que no supo o no quiso poner en marcha las reformas exigidas por la Unión para considerar a Turquía un país candidato e iniciar conversaciones.

Los déficits democráticos de Turquía

Para Europa están referidos principalmente a la libertad de expresión, prensa y manifestación. También se exigen cambios en la administración para evitar el abuso de poder y la corrupción.

Actualmente según reconocen los líderes europeos “no hay incentivos” para hablar con Turquía. Desde el punto de vista turco, tampoco ahora es un buen momento para negociar con Europa, ya que no merece la pena negociar con una Europa en crisis. La buena situación de la economía turca no se va a poner en peligro para entrar en una Europa prácticamente en bancarrota, por lo menos buena parte de la misma.

Parece que Turquía ha dejado, de momento, de mirar hacía Europa y encara su futuro como una potencia emergente en su zona histórica de influencia. Su envidiable posición entre dos continentes lo hace ser un estado con el que habrá que contar en el futuro para la resolución de los conflictos en una de las zonas más calientes del mundo como es Oriente Medio.

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