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La hora de Cataluña

La hora de Cataluña

La ocupación pacífica, festiva y familiar de más de 400 kms de carretera por una cadena humana en Cataluña, la via catalana,  sólo puede haber sorprendido a quien no haya seguido la evolución de este país europeo en los últimos años. Una auténtica marea amarilla se apoderó de Cataluña el 11 de setiembre, en su día nacional.

Según recuento de la policía, más de 1.600.000 personas, con las manos enlazadas, gritaron al unísono, a todo el mundo, la palabra “independencia”, el vocablo que resume hoy las aspiraciones colectivas de la sociedad catalana , de una forma abrumadora. El catalanismo popular y democrático constituye hoy, en Europa, el único movimiento social capaz de protagonizar una proeza semejante. Con una población claramente superior a más de setenta estados miembros de Naciones Unidas, entre los cuales Dinamarca, Finlandia, Irlanda, Laos, Líbano, Mauritania, Nicaragua, Noruega, Nueva Zelanda o Uruguay, representa el 21% del PIB del estado español y el 30 de sus exportaciones, de manera que, desde hace ya tres años, este país vende más al resto del mundo que a España. Una estructura sólida de empresas pequeñas y medianas, un tejido asociativo plural,  actívísimo, y con valores colectivos bien arraigados, como el esfuerzo, la iniciativa, la imaginación, la capacidad de riesgo, la laboriosidad, la sociedad catalana es, a su vez, una sociedad nacional diferenciada, claramente identificable.

Estamos hablando del país del sur de Europa con mayor número de empresas por cada mil habitantes y, a su vez, con el menor número de funcionarios públicos. Cataluña, además, es el principal destino turístico de la península ibérica, con una capital de renombre internacional que ya es en sí misma toda una marca: Barcelona. Todos los catalanes son competentes. lingüísticamente hablando, como mínimo en dos idiomas, el propio, el catalán, y el español, en contraste con España que, junto a Grecia, lidera la lista de estados europeos con mayor número de ciudadanos monolingües, capaces de hablar sólo su propia lengua.

Hasta ahora, todos los intentos para que Cataluña pudiera disponer de un nivel de autogobierno suficiente para resolver sus problemas, sin romper con España, han fracasado. Así fue en 1919, en 1931, en 1979 y en 2006, a pesar de tratarse de Estatutos de Autonomía aprobados por el pueblo catalán en referéndum universal, directo y secreto, o bien por los diputados catalanes en el parlamento español.

Desde la victoria militar española en 1714, Cataluña y todos los territorios de lengua catalana fueron anexionados al estado español, suprimidas sus instituciones y constituciones, prohibida su lengua nacional y forzados al exilio gran número de catalanes. Salvo el brevísimo período republicano de los años 30, la democracia de los derechos individuales no fue instaurada hasta 1977, en su primera fase, y culminada el 1980 con la constitución del parlamento catalán.

Sin embargo, España y su estado nunca han incorporado a sus valores políticos la democracia de los derechos colectivos y el respeto a la diversidad. De hecho,  sigue siendo una lastimosa expresión de uniformidad: una nación, una lengua, una cultura, una religión, una sola selección deportiva, un comité olímpico único. Cataluña, el único país del estado español con experiencia de gobierno, parlamento, policía, ejército y lengua propia oficial antes del franquismo, asistió al espectáculo de la generalización del modelo autonómico con la única finalidad de diluir sus aspiraciones nacionales, en el magma de nuevas autonomías sin tradición alguna, ni voluntad jamás expresada de autogobierno. Sin embargo, apoyó la constitución española con la esperanza de que la nacionalidad catalana tuviera un reconocimiento aceptable en el Estatutoposterior.

Pasaron los años y llegó también un nuevo Estatuto, sancionado por una mayoría abrumadora, primero en el Parlamento, y luego, ya totalmente desfigurado por las Cortes españolas, se aprobó también en referéndum. Para muchos catalanes esa era ya la última oportunidad de acuerdo posible con España y, no obstante, se malogró, gracias a la acción del Tribunal Constitucional que descabezó absolutamente el texto refrendado, no sin antes haber tenido que soportar las mofas humillantes de algunos líderes políticos españoles de derechas y de izquierdas.

Ahí empezó todo y algunos afirmamos que Cataluña ya no votaría jamás ningún otro Estatuto. Incluso me atreví, en 2007, a proponer el 2014 como la fecha emblemática en que deberíamos dar, como nación, el salto hacia adelante definitivo y cortar amarras con España. Han pasado tan sólo seis años y hoy el independentismo, el deseo de que Cataluña se convierta en un nuevo estado europeo, es ya mayoritario, porque ocupa, sin duda alguna, toda la centralidad política. Felizmente no somos una raza, sino una cultura, es decir, una comunidad lingüística con unos valores colectivos concretos. Y una lengua se puede aprender y unos valores pueden ser compartidos y asumidos como propios.

Por eso, porque el proyecto nacional catalán no es étnico, sino inclusivo, había tantas personas de lengua española en la vía catalana, también latinoamericanos, magrebíes, asiáticos o del África negra. Ser catalán no es una herencia, ni ha sido jamás una imposición, sino una elección, la expresión de una voluntad de ser, sin necesidad de renunciar a la identidad originaria.

España siempre actúa igual en situaciones semejantes, utilizando más la fuerza y las vísceras que la inteligencia y la razón. No hay diálogo posible, porque no hay otra cosa que hacer con ella que no sea dejarla, separarse de ella y establecer futuras relaciones de buena vecindad.

Con la excepción de Guinea Ecuatorial, país que España se sacó de encima en 1968 y el Sáhara Occidental, a quien arrojó vergonzosamente en manos de Marruecos, en 1976, todos los países americanos que se independizaron de ella lo hicieron de forma unilateral. Y cuando pedían más autonomía, de España sólo recibían negativas y rechazo. Cuando ésta insinuó algún leve movimiento, ya era demasiado tarde para ello.

Lo mismo va a suceder, ahora, con Cataluña

Con la diferencia de que ni siquiera este movimiento mínimo parece que vaya a producirse. ¿Qué está haciendo España para que Cataluña decida que le conviene continuar dependiendo de ella? ¿Con qué métodos de seducción, simpatía y atractivos, está intentado retener a Cataluña? Pues exactamente con la misma torpeza con que ha tratado siempre a Gibraltar. Cataluña está cansada de España y ya no va a aceptar otra cosa que no sea una actitud positiva de buena vecindad.

Los motivos para la secesión son diversos, pero, en síntesis, pueden resumirse en la apelación a los derechos históricos, la certeza de que en una Cataluña independiente la lengua y la cultura catalanas tendrán un futuro más seguro y tranquilo, así como el convencimiento de que la calidad de vida material, cultural y democrática será mucho mayor en un país soberano. Pero, por encima de todos ellos, está la voluntad de decidir, el derecho a la autodeterminación y el deseo de expresar en las urnas la vocación de libertad. Por parte catalana, el mundo ha visto, por dos años consecutivos, las mayores concentraciones humanas en Europa, desde la II Guerra Mundial, de forma pacífica, sin incidente alguno, y las ganas de votar de todo un pueblo. Por parte española, ha comprobado también la negativa más rotunda a la posibilidad de un referéndum democrático, así como el asalto a la delegación catalana en la capital española por parte de una quincena de ultranacionalistas españoles fascistas, con total impunidad.

Mientras tanto, las primeras complicidades empiezan ya a producirse: Letonia, Lituania, Parlamento británico y un eco insospechado en la prensa internacional.

Hace tres siglos, España nos venció por las armas. Ahora, nosotros, vamos a ganar por las urnas. Y el mundo democrático deberá decidir de qué lado está. España, pues, tiene un problema. Y Cataluña, una solución. Ha empezado la cuenta atrás.

The Beatles - Sgt Pepper´s Lonely Hearts Club band (1967)

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El auge de la extrema derecha en Francia

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