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José y Asenet y el Nuevo Testamento (XI)

A efectos de comparación con el Nuevo Testamento conviene primero ver cómo se puede interpretar la comida ritual de la novela. Se ha hecho de muy diversas maneras por los investigadores. Siguiendo  el resumen propuesto por Ch. Burchard, pueden sintetizarse así:

1. Una comida cultual, especial de un grupo o secta particular judía, o que refleja lo que podían practicar ciertas sectas judías como la de los esenios o la de los “terapeutas” (versión monástica egipcia de los esenios). 

2. Una comida ordinaria de los judíos, pero más solemne y con acciones especiales. En la novela representaría simbólicamente la primera comida después de la conversión.

3.  Una comida especialísima, judía, con características también especiales con ocasión de la conversión al judaísmo. En este caso la interpretación resalta la relación en líneas esenciales con el marco de los banquetes que -se supone con razón- existían en las religiones de misterios. Al menos – opina esta línea de interpretación- el autor de la novela sitúa en pie de igualdad la comida ritual que presenta judía con los banquetes de los misterios… y con los mismos efectos salvíficos.

4. Una comida simbólica que sirve para representar el conjunto de la vida piadosa del judío –o en concreto del prosélito convertido- que se entrega al Dios único, que obedece su Ley y que por ella obtiene bendiciones y la vida eterna.

En todas estas interpretaciones, con mayor o menor intensidad suponen los estudiosos que sobre la narración de la novela planea un cierto influjo y contraposición del banquete de la narración con  los banquetes mistéricos. 

En mi opinión, y como marco general la relación/contraposición con un banquete religioso pagano es la postura e interpretación más adecuada y consonante con el tenor de la novela. Véase en el post IX –texto correspondiente a 7,5-7 la contraposición entre:

El varón piadoso judío, 

que bendice con su boca al Dios vivo, 
que come el pan bendito de la vida, 
que bebe la copa bendita de la inmortalidad
que se unge con la unción bendita de la incorruptibilidad 

y la mujer extranjera, 

que bendice con su boca imágenes muertas y mudas, 
que come de la mesa de los ídolos carnes de animales ahogados,
que bebe la copa de la traición procedente de sus libaciones
que se unge con la unción de la perdición. 

Por tanto, me siento más inclinado a aceptar la interpretación número 3. Cuando el autor está hablando del banquete y de sus efectos emplea en la novela fórmulas fijas, litúrgicas, poco o nada adecuadas al tono de una narración de aventuras, y se está refiriendo no a un banquete de la vida diaria, sino a alguno muy especial, cuyo efecto es nada menos que el otorgamiento de la seguridad de haber adquirido la inmortalidad.

En esta línea debe ponerse en relación la presencia del ángel en forma humana en el banquete judío de la novela con la fe de la religiosidad pagana en la presencia de divinidades mistéricas en los banquetes cúlticos especiales, especilamente los funerarios. 

En concreto para Egipto está testimoniado epigráficamente lo que se llama “El banquete (griego kliné, propiamente el asiento donde se recuestan los comensales) de Anubis”. La divinidad –creían los paganos- estaba siempre presente en los banquetes religiosos y participaba espiritualmente de ellos.

No sabemos apenas nada más de estos banquetes. Pero suponemos por lo que Clemente de Alejandría y otros autores antiguos cuentan de lo que ocurría en los grandes misterios de Eleusis, que en la ceremonia final de la iniciación, y tras la representación del mito de lo acaecido con la divinidad, Perséfone, que de algún modo “muere” y “vuelve a la vida” cada año había algún tipo de ingestión de alimento. 

En efecto, sabemos que esa ceremonia se pronunciaban unas palabras (¿bendiciones?), se presentaba una canastilla con cereales y otros frutos de la tierra y se bebía una bebida de cebada en honor de la divinidad. La ejecución exacta del rito final, junto con las purificaciones preparatorias en los meses anteriores y el arrepentimiento de la mala vida pasada, aseguraba la inmortalidad al iniciado. Un trasfondo genérico parecido –creo- hay en la narración de José y Asenet.

Como hipótesis razonable puede postularse –por la paridad de fórmulas con la novela- que un trasfondo semejante existe en la eucaristía cristiana. Ello no significa propiamente afirmar que la eucaristía está basada o copiada de en un rito judío semejante al descrito en la narración novelística, que se supone anterior en el tiempo. No he encontrado a ningún intérprete que afirme expresamente que el banquete cultual de José y Asenet es un precedente expreso de la eucaristía cristiana. Pero la analogía sí vale, como marco general para señalar que sobre ambos ritos, el judío y el cristiano, planea la sombra de las religiones de misterio y su oposición a ellas. 

Si las estas religiones de misterio no hubieran existido, y si no hubieran ofrecido la inmortalidad –si no hubieran sido la competencia real del judaísmo y del judeocristianismo en el ámbito del “mercado” religioso de los primeros siglos del Imperio-, pienso que difícilmente se habría producido un fenómeno parecido de un banquete ritual con ingestión de pan y vino y con la promesa de la inmortalidad entre judíos…, y entre cristianos.

II. El banquete ritual cristiano de la eucaristía merece mucha más atención de lo que podemos dedicarle –ahora, al menos, en el blog. Quizá algún día me anime a ofrecer por partes un análisis más pausado. Por el momento quiero sólo destacar que:

1. Muy probablemente el ritual de la eucaristía, es una interpretación estrictamente paulina de la cena de despedida de Jesús y que se consolida sólo entre las comunidades de fundación y estirpe paulinista = las que están detrás de la escuela de las Pastorales, Efesios-Colosenses y

2 Tesalonicenses, etc., la de los Evangelios sinópticos, las formadas en torno a la escuela johánica, la de la Epístola a los Hebreos y la Primera Carta de Clemente. No hay eucaristía estrictamente entendida (ingestión simbólica al menos “del cuerpo y sangre del Señor”) en la Didaché, o Doctrina de los Doce Apóstoles, sino una acción de gracias con la “mera fracción del pan”.

2. Probablemente procede la acción eucarística de los grupos paulinos de la confluencia de tres ritos en sí distintos: a) la fracción del pan en rememoración de la Última Cena: b) del rito de la Pascua judía aplicado a Jesús como Cordero de Dios; c) de algunas acciones cúlticas sinagogales del siglo I.

3. El marco mistérico de la eucaristía, que hace referencia a la muerte vicaria y salvadora de Jesús como redentor universal, se explica mucho mejor dentro de un marco de las religiones de misterios, y de la oposición a ellas (“Nuestra religión ofrece cosas aun mejores que la vuestra”). La ingestión –aunque sea simbólica (Jn 6 y Pablo) del cuerpo y sangre de un salvador divino es absolutamente imposible dentro del marco de una teología judía (del Antiguo Testamento; de la literatura intertestamentaria, de Qumrán, o de cualquier otra). 

Sí es aceptable y comprensible la eucaristía, por un lado, dentro del ámbito teológico de la divinización de Jesús, y por otro en el marco general de la religiosidad de las religiones de misterios, sobre todo los de Dionisio o incluso de los de Eleusis. 

Ciertamente no son discernibles en la doctrina de la salvación cristiana ingredientes específicos que hayan sido copiados concretamente de alguna religión concreta de misterios. Esto no se puede probar y, además, una copia directa es poco plausible. Pero la atmósfera general de los ritos sí es la misma. Puede hablarse de una religiosidad difusa helenística, misteriosófica, que se extiende por todo el Imperio Romano en el siglo I, que sobrepasa el ámbito de los cultos particulares, que está en todo el ambiente, que llega hasta la literatura en general, dentro de la cual se emplaza también la religiosidad cristiana de cuño paulino y su doctrina de la eucaristía y de la salvación. Más  copia es contraposición expresa, pero con los mismos elementos cultuales.

La gran ayuda que nos proporciona la lectura de la novela de José y Asenet es hacernos caer en la cuenta que dentro de un judaísmo estricto, de acendrada religiosidad, de un judaísmo de la Diáspora, alejado del ambiente de Israel, de pensamiento y lengua griegas, pudo concebirse con naturalidad un rito de entrada en la religión judía y un banquete cultual, con pan, vino y óleo sagrado, que proporcionaban la inmortalidad… al igual que prometían las religiones de misterio. 

Lo mismo es explicable dentro de un cristianismo paulino, alejado ideológicamente del judeocristianismo de la Iglesia de Jerusalén. El capítulo 6 del Evangelio de Juan y el capítulo 11 de 1 Corintios (y también 1 Cor 10,16 donde Pablo habla de la eucaristía como “la copa de bendición que bendecimos, la comunión de la sangre de Cristo” = JyA 19,5; 10,21: contraposición “mesa del Señor/mesa del demonio = JyA 11,9; 12,4s; 21,14, texto largo) tienen los mejores paralelos en la novela de José y Asenet. Para el capítulo 6 del Evangelio de Juan puede decirse que son prácticamente los únicos.


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