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El Islam Europeo

Los musulmanes nos quejamos de la escasa cobertura que se nos ofrece por parte de los Mass Media, y cuando se produce un ofrecimiento lo recogemos con alegría y esperanza. Por eso, cuando Koldo Salazar me ofreció colaborar en MBC TIMES, me llenó no sólo de euforia e ilusión, debido a la seriedad y al afianzamiento progresivo de este medio, sino también de preocupación debido a que no supiera  explicar de forma adecuada los posicionamientos de los musulmanes occidentales, posicionamientos tan distintos y alejados de lo que comúnmente se relaciona con lo que es el Islam: conflictos bélicos, sociales y políticos, negación sistemática de los derechos humanos, patriarcado exhacerbado,  etc, etc. De la islamofobia a la islamofilia no hay más que una delgada línea que atravesar, que no es roja, como la infantería británica de la batalla de Balaclava, sino verde, tradicional color del Islam.

Sin embargo, ni es mi deseo ni es el lugar para hablar de los “pros” y “contras” del Islam, o de actuar de plañidera de un pasado que nunca volverá (al Ándalus y su Renacimiento hispano, antesala de ese otro segundo Renacimiento europeo siglos más tarde), aunque todos sabemos que la Historia, con mayúsculas, es cíclica, y que los pueblos que la olvidan están condenados a repetirla.

Como musulmán y ciudadano del estado español, tengo la doble obligación de atestiguar que no hay otra deidad más que Dios Todopoderoso y que Mohammed es su Mensajero y Profeta, así como de ser fiel, consecuente y respetuoso con el ordenamiento jurídico del estado español y las conquistas políticas, sociales, económicas y éticas conseguidas a lo largo de los siglos, y eso, a pesar de la grave crisis que padecemos.

El Islam es el salto consecuente hacia delante en la doctrina monoteísta, común a judíos y cristianos. Muchas personas, cada vez más, creyentes o incluso ateas, prefieren una sociedad con valores musulmanes que una sociedad moralmente desestructurada como actualmente está la española, en la cual se ha cambiado el ideal de Dios, o como queramos denominar a un Ente Superior, por un camino hedonista en exceso, donde la ideología predominante es la consumista y relativista, donde el todo vale campa por sus respetos.

La Europa de base humanista cristiana renunció hace tiempo a su autoridad moral, el Concilio Vaticano II produjo una fuerte inflexión mal comprendida y peor aplicada no sólo entre católicos, sino también entre evangélicos, que parece ser que el actual papa Francisco ha retomado con decisión y energía. Pero también ese mismo espacio está siendo compartido, poco a poco, sin prisas pero sin pausas, por los musulmanes europeos. Un dato: en la Comunidad Foral de Navarra, ya son más las mezquitas que las iglesias, y en muchos pueblos del norte peninsular, se han equiparado el número de templos musulmanes que el de católicos. En Francia, el Consejo Islámico ha pedido que la Iglesia Católica le ceda sus templos y monasterios que no usan por falta de quórum, El Estado Español va en esa misma senda.

Por otra parte, pienso que es normal que existan recelos ante el nuevo vecino musulmán. España ha sido un país de mayoría católica que ha perdido en gran parte sus raíces. Un drástico giro de ciento ochenta grados ha llevado a España a pasar de un extremo a otro. De ser un país confesionalmente católico a profesar un laicismo fundamentalista. En el Islam no sólo ven el ‘peligro islamista’, sino también la vuelta de un pasado reciente, donde la Iglesia Católica disponía de poder y capacidad de decisión.

La sociedad española no sólo arrastra una grave, gravísima crisis económica, sino también, y principalmente me atrevería a decir, una crisis moral, ética y de identidad. Como antes decía, siglos de presencia y de base católica nacional han sido suprimidas de un plumazo, quedando el español medio sin una referencia ética o moral adecuada. El carecer de esas referencias éticas, morales y por qué no decirlo, religiosas, son las razones principales que no sólo los vascos, sino también el resto de españoles se vayan acercando paulatinamente al Islam.

El concepto musulmán de familia, la conservación de las tradiciones, el orgullo por la Religión son características comunes a todas los creyentes, y en Europa, católicos, evangélicos y musulmanes se dan la mano a este respecto. Pero también con los no creyentes, agnósticos y ateos, tenemos puntos de inflexión a través de la moral y la ética, porque  común es también el rechazo a los que nos quieren imponer un tipo de sociedad donde los valores superiores brillan por su ausencia, cambiados y transmutados por los valores mercantilistas.

La sociedad postmoderna está constituyendo un sonoro e intolerable fracaso, El sistema carece de soluciones para afrontar el objetivo más trascendente de cualquier ser humano: su dignidad.

La Democracia ya se encontraba reflejada en el Islam doce siglos antes que los filósofos de la Ilustración comenzaran a soñar con ella. En el Islam tenemos el concepto divino, es decir, ordenado por Dios, de “shura”, que no es otra cosa que un consejo asambleario obligatorio entre los musulmanes. Que se llame “Shura” o se llame “Democracia” son sólo conceptos gramaticales. El Islam también reconoció y otorgó a la mujer sus derechos  casi quince siglos antes que en Europa saliera a la luz la primera feminista, pero, desgraciadamente, estos planteamientos igualitarios del Islam primigenio han sido casi borrados por costumbres e impedimentos patriarcales y machistas, ajenos al ideal musulmán, pero que son los que imperan en él.

Es más lo que nos une que lo que nos separa entre los que profesamos los principios islámicos y los principios fundamentales de las sociedades europeas en materia de democracia y derechos humanos. Sólo es cuestión de buena voluntad y de buena intención por ambas partes encontrar las similitudes y no bloquearse en las diferencias, por lo cual, son perfectamente compatibles los principios islámicos con los de las sociedades europeas.

Abd al-Wâhid Yahyâ, más conocido como René Guenon, fue quien teorizó, en un primer momento, sobre la ruptura de los valores tradicionales en decadencia de Occidente.

Un sistema social que no reconoce ningún principio superior, que está fundado sobre una negación de los principios espirituales que caracterizan una civilización superior, está desprovisto de todo medio de entendimiento con las otras culturas, sobre todo las verdaderamente tradicionales, porque este entendimiento, para ser verdaderamente profundo y eficaz, no puede establecerse más que por arriba, es decir, precisamente a través de aquello que le falta a esta civilización postmoderna, anormal y desviada: una visión trascendental del ser humano en su camino hacia un Ente Superior.

También Nietzche dejó escritos en sus obras maestras “Más allá del bien del bien y del mal” y “Genealogía de la Moral”, que el concepto de cultura sin valores superiores ocupa un lugar principal en la decadencia de los pueblos. Su famoso “Dios ha muerto” no se entiende sin ese desprecio a la cultura decadente heredada no sólo por sus compatriotas, sino por el resto de Europa, y su necesidad de encontrar un nuevo orden para un nuevo tipo de Hombre.

Más recientemente, pensadores como Martin Heiddeger, Roger Garaudy, Alain de Benoist, o el español Gonzalo Fernández de la Mora, se encuentran inmersos en la búsqueda de una alternativa cultural a la debacle europea, y una puesta al día de una vuelta a la tradición religiosa que no tiene otra salida que la del Islam. Sin embargo, el Islam en el Estado Español no es una panacea, bien al contrario.

El “victimismo”, el fanatismo, la falta de integración y por qué no decirlo, el mero sentido común para vivir en un país occidental ha llevado a la marginación más absoluta a muchos, demasiados, inmigrantes musulmanes, muchos de ellos ya con carnets de identidad españoles y con hijos que representan a la segunda generación, nexo ideal entre la cultura magrebí / musulmana y la hispana, y que se ven abocados bien a una ruptura con sus orígenes, bien a un constante ejercicio de equilibrio entre lo uno y lo otro.

El Estado Español no ha encontrado aún la forma de resolver estos problemas, y peligrosamente se apunta al carro del “victimismo” de otros países de su entorno, “victimismo” por el que ve un “yihadista” en cada musulmán. La solución, como casi siempre, sería muy fácil, simplemente pasa por concienciarse y encontrar a los interlocutores válidos en su trato con el Islam español, pero para eso tendría que dar cerrojazo a la forma de representación de viejas y caducas entidades, que no son más que unas meras sociedades particulares socio-culturales-gastronómicas, y algunas veces, más de la cuenta, algo peor, y que a la segunda e incluso tercera generación de jóvenes musulmanes españoles y nuevos musulmanes no nos representan.

Esa, y no otra, es el comienzo de normalizar las relaciones Comunidad Islámica – Estado Español. Precisamente uno de los objetivos de Eusko Islamiar Kontseilua (Consejo Islámico Vasco), organización de la que soy su presidente, es el de abrir nuevos cauces de entendimiento con nuestras instituciones, porque somos musulmanes de diversos puntos geográficos del estado español, y como tales, somos fieles y consecuentes con nuestras leyes y entorno político.

A nosotros no nos vale el “ya se cansarán y se irán”, porque somos de aquí.

Como musulmán vasco, y por tanto, europeo, condeno rotundamente actitudes fanáticas, violentas y extranjeras que tratan de romper por la fuerza un modelo políticos que, guste más, guste menos, o no guste nada, ha sido fuente de desarrollo social, tecnológico y moral. Europa, a lo largo de su historia, ha sabido crear instituciones perfectamente “islámicas”, como la sanidad, las ayudas sociales en materia de paro, educación y otras, incluso para los colectivos de inmigrantes, tan numerosos a partir de los años cincuenta del siglo pasado. Sin embargo, estas instituciones humanitarias son sencillamente inexistentes en países de mayoría musulmana, gobernadas en su inmensa mayoría por dictaduras de uno u otro signo.

Mi idiosincrasia es europea, pero mi religión es el Islam. Saber conjugar ambas cuestiones es la tarea a la que nos encomendamos no sólo los nuevos musulmanes, sino también las vanguardias más jóvenes de aquellos primeros inmigrantes, hoy día casi dos millones en España.

Los musulmanes españoles tenemos mucho que decir en ese sentido, rompiendo estereotipos y deshaciendo malentendidos que no llevan a nada, sólo a monopolizar extremismos y fanatismos por ambas partes.

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