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El enemigo bíblico

Como podemos deducir de la breve panorámica que hemos esbozado en las “postales” anteriores, los judíos estaban rodeados por religiones que creían en demonios o seres maléficos, aunque aún no habían desarrollado -salvo quizás el caso de Ahrimán en el mundo iranio- la concepción del Diablo tal como la entendemos hoy. Los israelitas participaban también de esas creencias que podemos considerar más o menos comunes, pero a ellos corresponde el honor de haber dado forma a lo largo de los siglos a la figura del Diablo, común hoy en el mundo de influencia cristiana.

Por esta razón, tras haber considerado estos antecedentes y trasfondo, debemos ahora concentrar ahora nuestra atención en las nociones más específicas que la literatura judía anterior al cristianismo -la Biblia y los escritos apócrifos o falsos del Antiguo Testamento- albergaba sobre el Espíritu Maligno y los demonios. Estas nociones serán el antecedente inmediato de las ideas cristianas. El Antiguo Testamento distingue nítidamente entre un presunto Espíritu Malo, llamado Satán, y los demonios propiamente tales, por lo que nos es necesario tratarlos de modo separado.

En primer lugar, en todo el Antiguo Testamento apenas si aparece Satán, o Satanás, y la figura de un espíritu maligno, encarnación del mal, está muy desdibujada. Apenas si llegan a una docena los textos en los que encontramos la palabra "satán". 

Este vocablo en la Biblia hebrea no es, normalmente, un nombre propio, la denominación de algún espíritu particular, sino un nombre común, que significa el "adversario", o el "enemigo", ya sea en el sentido más trivial del término o con un significado jurídico (quizás se halle en este ámbito el origen del vocablo), o político militar. Como tal nombre común, la designación de "satán" puede aplicarse tanto a los hombres como a los espíritus. 

Así ocurre, por ejemplo, en la conocida historia del profeta mago Balaán, contratado por el rey de Moab, Balaq, para maldecir a Israel. Pero, cuando Balaán iba de camino para cumplir este cometido "se encendió la ira de Yahvé y su ángel se interpuso en el camino para estorbarle" (literalmente, haciendo de "satán"): Números 22,22. 

Igualmente, David llama "satán" a uno de sus acompañantes, Abisay, quien indicaba al rey que debía liquidar a Semeí, por haberle maldecido. Pero David le replicó: "¿Qué tengo yo contigo... que te conviertes hoy en adversario (‘satán’) mío?": 2 Samuel 19, 22 23. 

El oponente en el campo de batalla es también un "satán". Así, en 1 Samuel 29,4, los jefes de los filisteos que van a la guerra contra Israel despiden previamente a David (mercenario suyo hasta el momento) con el siguiente argumento: "Que regrese ese hombre y se vuelva al lugar señalado, que no baje con nosotros a la batalla, no sea que se vuelva nuestro adversario (‘satán’) durante la pelea".

En el prólogo del libro de Job la figura de Satán nada tiene que ver con un ser demoníaco y esencialmente perverso, sino que aparece como el fiscal del tribunal celeste. Es, por tanto, un agente divino, encargado de tareas encomendadas por Dios. Su misión es acusar a los hombres ante el trono celestial cuando hacen alguna cosa mala. Este Satán, fiscal o acusador, también puede tener como tarea al servicio de Dios probar a los hombres mediante el dolor o la desgracia, es decir tantear hasta qué grado llega su virtud o su fidelidad a la divinidad. Más que “tentador” en esta función habría que designarlo como “tanteador”. El texto dice así:

“Un día cuando los Hijos de Dios (los ángeles) venían a presentarse ante Yahvé, compareció también entre ellos Satán. Y Yahvé dijo a Satán: ‘¿De dónde vienes?’ Satán respondió a Yahvé: ‘De recorrer la tierra y pasearme por ella’. Y Yahvé dijo a Satán: ‘¿No te has fijado en mi siervo Job’ ¡No hay nadie como él en la tierra! Es un hombre recto y cabal, que teme a Dios y se aparta del mal’. Respondió Satán a Yahvé: ‘¿Es que Job teme a Dios de balde? ¿No has levantado tú una valla en torno a él, a su casa y a todas las posesiones’... Pero extiende tu mano y toca sus bienes; ¡verás si no te maldice a la cara!’ Respondió Yahvé a Satán: ‘Ahí quedan todos sus bienes en tus manos. Cuida sólo de no poner tu mano sobre él’. Y Satán salió de la presencia de Yahvé" (Job 1,6 12).

Inmediatamente Satán se encarga de que Job vaya perdiendo una a una todas sus posesiones. Pero el desdichado se mantiene fiel a Yahvé: no peca, ni profiere ninguna insensatez contra la divinidad. Pasado un cierto tiempo, en un momento en el que, igualmente, los Hijos de Dios venían a rendir cuentas ante Yahvé, aparece entre ellos Satán. Entonces Dios habló así, dirigiéndose al ángel:

"‘¿De dónde vienes?’ Satán respondió a Yahvé: ‘De recorrer la tierra y pasearme por ella’. Y Yahvé dijo a Satán: ‘¿Te has fijado en mi siervo Job?... Aún perservera en su entereza, y sin razón me has incitado contra él para perderle’. Respondió Satán a Yahvé: ‘¡Piel por piel! ¿Todo lo que el hombre posee lo da por su vida! Extiende tu mano y toca sus huesos y su carne, ¡verás si no te maldice a la cara!’ Y Yahvé dijo a Satán: ‘Ahí lo tienes en tus manos; pero respeta su vida’" (2,1 6).

La lectura de este texto capital nos indica que en el momento de su composición (probablemente en el s. V a. C., desde luego después de la vuelta del destierro en Babilonia) Satán no es el Príncipe del Mal, ni tampoco el origen de éste  que se atribuye a Dios , sino un servidor más de la corte celestial. Ciertamente muestra un poco de mala idea, y se encarga de convencer a Dios para que dañe a Job. Yahvé accede un tanto a regañadientes y luego reprocha a Satán el haberle incitado a hacer daño. En este texto, pues, Satán es en todo caso el aspecto relativamente dañino de una divinidad ambivalente, el lado sombrío de ésta, el poder destructivo de Yahvé, que delega en su ángel.

Saludos cordiales de Antonio Piñero.

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